
Las pelotas hacían una gracia perfecta en sus caídas en contra de la ley de gravedad, era lindo observar como la azul estaba por caer al piso y de pronto rebotaba sobre la piel volviendo al aire como cometa escupido por ráfagas de aire, las otras dos rojas se peleaban a la par por 60 segundos de fama en el semáforo de los antiguos anillos y la pelota verde esperaba ansiosa a ser sacada del bolsillo como repuesto de las otras.
1, 2, 2, 3, 3, 1 jugando y sudando, cansado, con hambre, con sed, con los ojos sobre el tiempo, con los colores advirtiendo un posible peligro de algún andante a gasolina imprudente, con la indiferencia de los transportados por 1 peso (bs) con un camiseta de oriente más sudada que toalla de gimnasio y un pantalón corto que mostraba rodillas negras, el se las bate a las buenas con sonrisa en cara y tres pelotas en la mano.
Me robó la sonrisa que no tuve el día entero quizá mi falta de talento con una esfera de goma me hace soltar mandíbula para quedarme observando a quien tiene la habilidad de combatir por hambre a las fuerzas de la gravedad entre el rojo y el verde llamando a nuestra mirada por mínimos segundos para que así satisfechos con un show relámpago obediente la mano visite el bolsillo.
Pero de miles de cuerpos absortos en el "donde voy" no mira al artista de corta edad, miran por encima de su cabeza, a un lado de su cuerpo delgado los letreros y gigantografías que no tienen talento y que tampoco tienen hambre-sed bajo un sol de 34 grados.
El amarillo se apropia del faro de en medio haciéndole señas al mago de las esferas para que se acerque a las ventanillas para saludar a su público ciego e inválido, el asfalto caliente se vuelve desierto con señalizaciones cuando al estirar su mano obtiene un giro de cabeza de soldados bien entrenados para ignorar al de al lado prefiriendo 2 pesos de "Malboro y Clorets por favor".
Con un acto de rapidez el muchacho habitante de la cebra corre a la vereda más cercana para esperar a su próximo público de pasajeros Express, pidiéndole a la mujercita de yeso milagrosa que esta vez los mirones le sonrían a él y a su mano santa.




